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"Arrepentimiento mostrativo": la tercera vía

por el 22/02/2012 a las 03:44 horas
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Autor: David Campuzano / Elespectador.com
¿Es la paz en Colombia una quimera o es solo que nos enredamos en palabrería y en etiquetas que embellecen el horror o lo disfrazan orwellianamente?
Diez años del Caguán y seguimos sin soluciones. La situación se ha enturbiado y, al tiempo, se ha polarizado y ahora, como sin saber muy bien por qué, los ciudadanos hablan de las dos Colombias, casi como aquella maldición machadiana "Españolito que vienes al mundo, una de las dos Españas ha de helarte el corazón".

Hay grupos terroristas y paraterroristas diseminados por todo el territorio nacional, especialmente en áreas donde el estado ha fallado con el estrépito de un millón de muertos que reclaman respuestas desde las cuencas vaciadas de unos ojos que no miran pero nos ven.

Diez años ya. ¿Es la paz en Colombia una quimera o es solo que nos enredamos en palabrería y en etiquetas que embellecen el horror o lo disfrazan orwellianamente? Llamar a unos paracos y a otros guerrilleros me resulta tan abochornante como llamar bacrim a los mafiosos o Comisión de Justicia y Paz a lo que no es más que la renuncia vergonzante del poder legítima y democráticamente establecido.

Hoy en la sociedad civil mantenemos dos posturas encontradas, aún no enfrentadas, pero en camino de. Para unos, hay que negociar con los malos. Para otros no ha de haber más política que la guerra a sangre y fuego, una actualización del "no hay mejor enemigo que el enemigo muerto". Entretanto, un pueblo entero agoniza.

El Guaviare también existe.

Y Vaupés y Guainía y Vichada y Meta y Arauca.

Pero por allá Colombia es solo una palabra mágica, mítica, una Ítaca a la que regresar sin haberse ido nunca. Por allá el estado, fallido, no llega más que en forma de tanquetas, de fuego cruzado en escaramuzas que recuerdan al Vietnam de Full metal jacket; en forma de toques de queda, de prohibición de circular tras la anochecida, de pancartas reivindicativas de los éxitos miserables de unos y otros y de un miedo en la médula que sabe a cobre y se parece mucho al frío que barrunta la muerte.

Me gustaría gritar, como Enrique Urbizu, "no habrá paz para los malvados"; pero mi garganta solo llora un lamento ronco que no se oye en la espesura de la selva, que no se entiende en la maraña de palabras que cada día avientan el pequeño orbe que es Bogotá más allá de cuyas instituciones no parece haber vida. Hay demasiado ruido ambiental para que ningún mensaje cuaje.

Yo sé, como muchos, que la solución no es ojo por ojo; ni cadáver por cadáver, ni bala por bala, ni uniforme por uniforme porque así solo obtendremos un gran camposanto llamado Colombia en el que la sangre se comerá el amarillo de nuestra bandera dejando triple de rojo que de azul y nada de amarillo porque la riqueza ubérrima, sin humanos que la engrandezcan y la disfruten, no tiene valor alguno.

Y si la muerte por muerte no es la solución y las negociaciones caguaneras tampoco, ¿qué nos queda a las gentes de bien? ¿El trágala? ¿El ajo, el agua y la resina*? No, es inaceptable. Tiene que haber una tercera vía, yo no sé cuál sea pero sí sé que la hay, que está ahí, que estamos mirando sin ver y que tenemos que lateralizar el problema hasta encontrar la alternativa renovada y viable.

Yo propongo, con la humildad más absoluta, que trabajemos en dos direcciones, las infraestructuras y el "arrepentimiento mostrativo".

De las primeras ya hablé (aquí) defendiendo que llevarán el estado allí donde ahora falta al tiempo que traerán riqueza y prosperidad al país. La segunda, el "arrepentimiento mostrativo", es tan simple que no requiere más que algunos renglones para detallarlo: la mayoría de paramilitares y guerrilleros, independientemente de las siglas que los amamantan, tienen años de entrenamiento militar y, lamentablemente, no saben hacer nada más. Nos toca al estado, que somos todos, reeducarlos. Con generosidad y paciencia, pero sin candidez.

Su reinserción en la sociedad no puede pasar por el borrón y cuenta nueva hasta convertirlos en ciudadanos privilegiados y mejor tratados por el estado que nosotros que les hemos sufrido décadas y décadas. Propongo que los reinsertemos en la sociedad, sí, pero exigiéndoles un mínimo de años, pongamos cinco o diez, en el ejército, sirviendo al país que han dañado y ganándose el perdón y el respeto de los demás y el de ellos mismos. Queden para el debate el cómo y los detalles pero hagamos del arrepentimiento mostrativo un puente de plata que nos lleve al futuro.

(*): Ajo - derse, agua - ntarse y resina - rse.

@manuelpascua
manuel.pascua@diariocritico.com

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