Colombia, el amigo de todos
La política exterior colombiana tiene un antecedente próximo en el tiempo
por el 08/02/2012 a las 08:03 horas
Brasil no quiere dejar a Cuba en manos de Chávez, pero al igual que el
resto de América Latina tampoco está dispuesta a indisponerse con nadie
por leerles la cartilla a los Castro.
El que inventó lo de conflictos con los vecinos, cero fue el
ministro de Exteriores turco Ahmed Davotoglu, en nombre del gobierno
moderadamente islamista de Recep Tayyip Erdogan, un modernizador
político, lo que le acerca a los propósitos del presidente Santos, al
igual que lo hace la lucha contra la secesión kurda, no extinguida pero
en retroceso. Curioso paralelismo entre países tan distintos y
distantes, que lo que en Colombia se llama 'turcos' son árabes libaneses
o sirios en su mayoría católicos, que emigraron a América Latina,
precisamente por la religión, aunque hoy se la estén cambiando.
Santos
querría que Bogotá fuera una especie de fulcro entre las diferentes
sensibilidades políticas latinoamericanas, el que comprende a todos y no
se alinea incondicionalmente con ninguno, de forma que se erigiera un
día en quien mejor pudiera mediar entre todos. Santos nunca será
correligionario de su vecino oriental, pero aún menos participaría en
una eventual operación de acoso y derribo del chavismo, como placería a
Washington. Cierto que por mucho que incordie Chávez a la mayor parte de
sus vecinos, sin excluir a algún aliado, no hay clientes para esa
'movida', pero bajo el presidente Uribe Colombia habría querido promover
ese hostigamiento.
Pero dos -o tres- notables acontecimientos que
pueden no estar lejanos debieran poner a prueba la solidez de la
política santista -'santería, dirían sus detractores- como son las
interminables reformas cubanas y, sobre todo, el futuro de la isla, que
no puede ser por definición eternamente castrista; así como también otro
futuro, el del chavismo, que se juega su destino en las presidenciales
del próximo 7 de octubre. La tercera oportunidad tiene que ver con las
elecciones para un nuevo sexenio en México, donde, sin embargo, si
ganara el hasta hoy favorito Enrique Peña Nieto (PRI), no parece que
fuera a producirse un vuelco de política exterior, como sería el regreso
del país a la política continental tras la interminable abstracción
norteamericana.
Santos preferiría, sin duda, que Cuba resolviera
sus asuntos sin injerencia del mundo exterior. Pero eso parece difícil.
La presidenta brasileña Dilma Rousseff, que aunque no sufra los ataques
de delirios de grandeza de su antecesor, Lula, tiene que atender a su
parroquia, está pasando revista en La Habana, escuchando con buen
semblante a Raúl Castro, visitando posiblemente al patriarca de todos
los izquierdismos, Fidel, y sin mostrar el disgusto que puso de relieve
con las cercanías del presidente iraní, cuya benevolencia hacia los
derechos humanos no incluye a sus paisanos.
Brasil no quiere dejar
a Cuba en manos de Chávez, pero al igual que el resto de América Latina
tampoco está dispuesta a indisponerse con nadie por leerles la cartilla
a los Castro. Igual hacía la España de Zapatero, pero hoy se vive un
contexto de cambio que hace presumir alguna iniciativa española contra
La Habana, como piden los cánones. El PP español, en el poder, encuentra
parte de sus señas de identidad exteriores como inquisidor del régimen
cubano.
Igualmente, la suerte del chavismo planea sobre el
porvenir de la isla. Si pierde Chávez, el castrismo sufrirá un segundo
shock, como el que ya le marcó con la autodestrucción de la Unión
Soviética. Las reformas vagamente liberalizadoras no van a compensar la
eventual pérdida, aunque sea en cámara lenta, del crudo venezolano a
precios de saldo. La victoria de la oposición acelerará la esclerosis
económica de la Gran Antilla, la cubanez de Miami olerá sangre y Bogotá
no podrá permanecer eternamente mirando al tendido; y si gana Chávez, su
aspecto físico no permite el vaticinio a largo plazo.
El fin del
castrismo, deseablemente de origen solo insular, está ya escrito en
algún libro de historia, y con ello los amigos de todos descubrirán que
la posición de eje geométrico de su mundo acaba siempre por ser una
quimera. Y no es que le vaya a costar a Santos decantarse por donde ya
está, la democracia de corte occidental, sino que Colombia no habrá
alcanzado más que, solo efímeramente, su meta de centrismo para todos
los usos.
Algo parecido le ocurre a la Turquía de Davotoglu y
Erdogan, que la sarracina siria ha obligado a buscar una nueva identidad
regional, cosa que está haciendo con envidiable soltura, pero en la
toma de posiciones ha visto saltar por los aires su aspiración de ser el
amigo de todos. Dejar en paz a Cuba -o a Siria- es una propuesta
perfectamente debatible; pero los vientos del cambio en el Caribe y
Oriente Medio lo están haciendo ya escasamente practicable en el caso
sirio, y pueden hacerlo dentro de no tanto en el cubano. Por ello, la
política exterior santista tiene ya fecha de caducidad.