Con el sambenito puesto
por Alfredo Molano Bravo el 07/02/2012 a las 07:19 horas
Estoy acostumbrado a navegar contra la corriente, las verdades oficiales y los dogmas. Más aún, a perder.
La labor
civilizadora tiene un método atroz: la conquista y el arrasamiento. La
supresión de los contrarios.
Estoy acostumbrado a las amenazas y desde cuando regresé al país no
he vuelto -ni volveré- a preocuparme por el asunto. Aceptarlas es
encerrarse en una cárcel estrecha y sin luz, aunque lo hace a uno
sentirse una persona muy importante. Me han señalado como simpatizante
de las guerrillas algunos, colaborador de los terroristas otros.
Asesino, rata, basuquero, marica. La verdad, me rueda. Sé de dónde salen
todos esos adjetivos y quién los escribe cuando ponen tildes. Con mi
posición sobre las corridas de toros me tratan ahora de paramilitar,
motosierrista y masacrador. También me corren sin tocarme estos
términos. El ambiente se ha ido cargando y polarizando. No pasa día en
que no aparezca una columna a favor o en contra y cien reacciones, la
mayoría de éstas sangrientas.
Más allá de la polémica, el tema
saca a flote un ingrediente esencial de nuestra cultura: la
intolerancia, la polarización, el maniqueísmo. Para la mayoría de
nosotros -y no me excluyo, aunque lo vea-, el mundo se divide entre
buenos y malos, creyentes y paganos. Creo que esa mirada es uno de los
contenidos ideológicos más fuertes de la violencia en el país. Tiene una
larga historia que se puede remontar al enfrentamiento entre moros y
cristianos, protestantes y católicos, patriotas y godos, liberales y
conservadores, progresistas y reaccionarios. Todo montado sobre el mismo
eje: blanco o negro, bonito o feo, aquí o allá. Una vez aceptado el
juego, no hay mucha distancia para llegar a la conclusión de que el otro
es mi enemigo y por tanto, en sana lógica, debe desaparecer, ser
eliminado. Por lo menos en la fantasía. Ojo por ojo. El último capítulo
que hemos vivido en la vida política es el que el presidente Uribe Vélez alimentó:
patriotas y terroristas. Todo parece indicar que la sentencia del
Tribunal de Bogotá y la reacción del Gobierno van también a dividir a la
opinión pública entre partidarios de los jueces y de los militares.
Para mí, tengo que el presidente Santos anda tan sitiado y maniatado
como estuvo Belisario Betancur el 6 y el 7 de diciembre del 85.
En
la polémica sobre los toros ha ido sacando la cabeza una dicotomía que
parecía enterrada: civilización versus barbarie. Hoy el mundo marcha
hacia la civilización, dejó atrás la barbarie. Una ilusión que ha
costado mucha sangre. África era bárbara para ingleses y franceses; Irán
lo es ahora para los gringos, como lo fueron México y Japón. Para los
alemanes de los años 20, España era una nación bárbara porque había
toros. Y decidieron civilizarla bombardeando a Guernica.
La labor
civilizadora tiene un método atroz: la conquista y el arrasamiento. La
supresión de los contrarios. Para los civilizadores -fieles guerreros
del progreso-, el futuro es de luz, de riqueza, de satisfacción, de
consumo. La muerte, el fin de la vida, no existe. No puede existir. No
vengan a amargarnos la fiesta, dirían sus publicistas. Mucho menos
-agregarían-, a recordarnos cuál ha sido la palanca de la civilización y
del progreso. En el nuevo paraíso no existe ese pecado. Somos
impolutos. Ahora todo está en orden: la silla eléctrica, la cámara de
gas, la inyección letal. La muerte en este mundo de mermelada, como lo
llamó Estanislao Zuleta, está proscrita, debe esconderse, velarse.
Taparse con una sábana blanca como a los cadáveres. Tampoco hay guerras,
ni asesinatos, ni nada que perturbe la mirada del mundo feliz. La
muerte se ve en el cine y en la televisión, pero ahí es de cartón. A
nadie matan. La muerte se escamotea porque perturba, interroga,
incomoda. Creo que por esta razón secreta quieren prohibir los
espectáculos de muerte y por esa razón también a quienes defendemos las
corridas de toros, los gallos, el coleo, nos quieren llevar a la
hoguera. Por ahora nos han colgado el sambenito.
Nota. Excepción
hecha de las motos, el Día sin Carro refleja el país tal cual es: la
alta burocracia y la élite social tienen licencia de salir a la calle
con escoltas como si nada; la clase media toma taxi y el pueblo anda
igual que siempre, en bus. O a pie.